Un recuento de las personas sin hogar que viven en Sevilla confirma que el río se ha convertido en su principal cobijo. Con la llegada del frío, muchos acceden a los centros de acogida, que duplican sus plazas durante el invierno.
Sin alternativas no es posible que haya cambios en la situación de las personas sin hogar. El recuento nocturno realizado este mes por la asociación Voces contra la Exclusión confirma una realidad obvia: en las calles de Sevilla sigue durmiendo gente, más o menos la misma que hace un año. El conteo localizó a unas 169 personas, menos que las 250 del año pasado, debido más a que no dieron con todas que a que haya menos casos de gente sin hogar, según Antonio Lora, que ha coordinado el informe. Los datos se difundieron ayer, el día que un grupo de voluntarios pasó una noche durmiendo en la calle con ellos porque el 28 de noviembre, con la llegada del frío, es el Día de las Personas sin Hogar.
El recuento confirma que el Paseo Juan Carlos I sigue siendo el principal refugio de los sin hogar: 47 duermen allí en tiendas de campaña, casi un tercio del total. Le sigue el Centro, donde 19 personas se resguardan en pasajes, soportales o bancos; la zona del Prado-San Bernardo-Buhaira, con 18; y el Arenal, donde el mercado aloja a unos 17 sin hogar. En Triana son 15, y 12 en la Macarena y Plaza de Armas, donde las Naves del Barranco se ha convertido en impagable alojamiento.
"Como ciudadanos, nos sentimos ofendidos por la falta de voluntad política para afrontar una situación que, por crónica, no deja de ser alarmante. Debe apostarse de una vez por todas por actuaciones basadas en el principio de que el techo es lo primero, admitiendo la magnitud del problema y evitando soluciones que se centren en picos estacionales", denuncia el informe Nessun Dorma 2011, en el que colaboran Voces contra la Exclusión, Solidarios para el Desarrollo, Pro Derechos Humanos y los voluntarios que durante todo el año visitan, una vez a la semana, a quienes duermen al raso.
El informe, que reclama que "en estos momentos de profunda crisis del sistema no olvidemos a las víctimas de la marginación social más extrema", apunta una medida que estas mismas entidades llevan tiempo pidiendo: recursos más adecuados para este colectivo, tan distinto al que normalmente busca abrigo en el albergue municipal. Son personas más deterioradas que no siempre responden a las exigencias de los lugares de acogida. En el río hay un centro de baja exigencia que ahora está saturado.
Con la llegada del frío, cuando el albergue se amplía, precisamente con plazas de baja exigencia, quienes siguen un itinerario para salir de la marginación confluyen con estos colectivos más deteriorados. De diciembre a febrero se duplican las plazas para dormir, y hay sitio incluso para los que no cumplen las normas del centro, como la higiene o el no beber alcohol. En invierno se abre la mano a los que están en una situación más difícil, con habitaciones de siete personas que no viven en el albergue, pero pueden cenar, ducharse, dormir y desayunar.
Ayer los sevillanos pudieron conocer las instalaciones gracias a la campaña No nos mires de lejos. Acércate y conócenos, con la que los propios usuarios del albergue de la calle Perafán de Ribera guiaban una ruta en la que contaban cómo se vive en ese edificio amplio y luminoso. Que no es un hogar, pero que es mucho mejor que dormir en la calle.
Un grupo de voluntarios durmió en la calle. Un grupo de voluntarios durmió anoche en la calle Imagen, con sacos de dormir y bebidas calientes para aguantar el frío, junto a personas que lo hacen de forma habitual porque no tienen una casa a la que volver por las noches. La iniciativa pretende no sólo hacer visible esta situación a los ojos de los viandantes, sino también crear una vía de acceso a estas personas y que quienes quieran acercarse a ellos e interesarse por su situación puedan aprovechar la ocasión para hacerlo. La dormida, que lleva cinco años realizándose en Sevilla, fue el año pasado en la Plaza Nueva, pero en esta ocasión se ha querido acercar a la cotidianeidad del colectivo, realizándola en unos soportales en los que cada vez se guarecen más personas sin hogar.
Mesas informativas y actividades abiertas. Durante toda la semana, la delegación de Bienestar Social ha convocado diversas actividades, algunas de ellas dirigidas al colectivo de personas sin hogar o que viven en el albergue municipal, como campeonatos deportivos y actuaciones infantiles o musicales dentro de las propias instalaciones de acogida. Pero también se ha hecho un esfuerzo por llevar esta realidad a la población en general: se han sacado a la calle mesas informativas para explicar verbalmente cómo funciona la red de atención a las personas en situación de exclusión, se han repartido dípticos y se han abierto las puertas del centro de acogida de la calle Perafán de Ribera, donde ayer fue posible compartir una merienda con los usuarios, que explicaron ellos mismos cómo se viven en este lugar.
Lamentan que se pongan trabas en la calle. Este año, la federación española de apoyo a las personas sin hogar ha criticado que algunas ciudades pongan trabas físicas para que no sea posible dormir en la calle, como barandillas intermedias en los bancos, un material que en Sevilla sólo se instaló en la plaza Cristo de Burgos.
Marion se dio cuenta hace unos días de que tiene el pasaporte caducado y su esperanza de pasar las Navidades bajo techo se hizo trizas. Lo que había logrado ahorrar se le irá en viajar a Málaga para renovar los papeles en su consulado. Los necesita para visitar a su marido, en prisión preventiva. "Ea, un extra", dice contrariada esta alemana de 43 años, que llegó a España hace 15 en busca de su padre, y desde hace más de uno vive en una tienda de campaña en el paseo Juan Carlos I, como varias decenas de personas. Hay humedad, pero no niñatos que pasan borrachos y les pegan, como les ocurre a los que duermen en el Centro.
José Luis, en cambio, viajará a Barcelona para pasar la Navidad con sus hijos. Ha comprado el billete por internet. Bueno, se lo ha comprado un cura con su tarjeta de crédito y él le ha dado el dinero. Este maño, de fuerte acento y ojos azul claro, lleva unos meses durmiendo en la Plaza Nueva, aunque suele moverse de una ciudad a otra. Como él, un grupo de personas pasa cada noche ante el Ayuntamiento. Francisco bufa que en la calle no se duerme bien en ningún sitio, pero José Luis dice que, visto lo visto, los bancos de madera son hasta cómodos. Anchos y sin reposabrazos en medio, no como los que han puesto en plazas como la del Duque para que no se pueda dormir en ellos. Hay luz, pero más tenue que el foco del pasaje de O'Donnell a San Eloy, que se activa con el movimiento para molestar a los indigentes. "Elementos antipersonas", los llaman las ONG Solidarios para el Desarrollo o Pro Derechos Humanos, que denuncian el vallado de espacios públicos para impedir que nadie se refugie allí, en lugar de mejores políticas sociales.
Solidarios cifra en unas 250 las personas que duermen al raso en Sevilla, más las 200 que pernoctan en el albergue (185 plazas) de la Macarena o el centro de baja exigencia (20 plazas) del río, casi medio millar en total. Voluntarios de la ONG pasaron la madrugada de ayer con sacos de dormir en la Plaza Nueva para recordar a todos los que pasan junto a ellos sin verlos que al menos hoy, Día de los Sin Techo, deberíamos darnos cuenta de que están ahí. José Luis, por ejemplo, pasa los días en la puerta de San Miguel de la Catedral, pidiendo. Marion recoge chatarra o aparca coches en Torneo. Ambos fueron trabajadores normales hasta que un día perdieron el empleo y ya no lo recuperaron. "Quienes están en la calle suelen haber sufrido varios traumas en su vida, la pérdida del trabajo, de un ser querido, una separación... los primeros los soportan, pero el último no", explica uno de los voluntarios de Solidarios.
Otro miembro de la ONG coincide con Marion en que si no sales de la calle en los primeros meses, los dos o tres primeros meses, es cada vez más difícil. Y también en que los recursos sociales ayudan, pero no son una respuesta adecuada a las necesidades de estas personas: hacer cola en un comedor social, en la ducha y en un servicio de atención -la oficina del paro, un trabajador social...- les lleva muchísimas horas, todo el día, y no les permite buscarse un dinero para pasar el día.
Y dormir en el albergue durante un tiempo -es un recurso limitado a unos días- les supone perder sus pertenencias, como la tienda de campaña en la que duerme Marion: no pueden tenerlas dentro ni hay dónde guardarlas, por eso muchos de ellos ya no van al albergue, porque al salir ya no tienen nada.
Muchas veces, el tiempo en la calle los arrastra hacia la bebida o acentúa depresiones y otras enfermedades mentales, dolencias que sufre una amplia mayoría de ellos según datos de Cáritas. Algunos están francamente deteriorados, física y mentalmente. Sin apoyo familiar o social contundente, es difícil remontar.
Ninguno elude hablar de eso, pero en las visitas que les hacen los voluntarios de Solidarios salen otros temas. Están muy informados sobre la actualidad, y les molestan las imprecisiones que se publican sobre ellos. Marion se indigna cuando se habla de la suciedad que dejan las personas sin hogar, porque su campamento está limpio. Cuenta que es muy orgullosa y no viviría entre basura, igual que no pide tabaco porque la miran mal, a pesar de que lo hace con educación. "¿Me miran así por vivir en la calle? Esto le puede pasar a cualquiera", insiste. Es lo que repiten todos. Los voluntarios, además, añaden que "se trata de personas" y se indignan cuando los políticos informan sobre las batidas de limpieza que hacen en los asentamientos. "Como si así arreglasen el problema, como si pudieran desaparecer...".
José Luis también es muy crítico con los políticos, por permitir que los inmigrantes trabajen con sueldos bajos con el paro que hay. Él ha sido oficial con 14 máquinas a su cargo, insiste, pero hace tiempo que no lo llaman.
Todo eso le preocupa menos a Portu, que duerme cerca de la Avenida desde hace años y escribe poesía. A él le interesan otras cosas: le gusta que quien lo visita lea sus poemas, aunque estos días está triste porque le pegaron unos niñatos, que luego detuvo la Policía. La pena se le pasa porque está enamorado, aunque ni él mismo sepa de cuál de las mujeres de su vida. Dice que las vecinas lo cuidan porque es un hombre bueno. Los voluntarios le ofrecen café, pero prefiere vino blanco del cartón que tiene al lado.
A Gerd, un alemán que duerme en O'Donnell, le gustan los crucigramas "difíciles, los que hacen pensar", y camina cada día "40 kilómetros" desde que se levanta, a las 6 de la mañana, para que cuando vayan a limpiar la tienda en cuyos soportales se resguarda él ya haya recogido el saco de dormir. Va mirando en las cabinas, por si quedan monedas olvidadas, aunque últimamente "mira tanta gente, hasta los que están bien vestidos", que casi nunca encuentra nada. Pulcramente afeitado, cuenta que cuando va paseando nadie lo mira. "No se imaginan que duermo en la calle", cuenta con coquetería cuando lo interrumpe una vecina que baja a dejarles, a él y a Ángel, que duerme enfrente, un vaso de leche, magdalenas y un bocadillo, como todas las noches.El voluntario de Solidarios asegura que hay bastante gente así, "buena", que sí es capaz de ver a estos ciudadanos, invisibles para la mayoría. "Aunque sería importante que los viéramos todos, porque llevan tanto tiempo ahí...".
Cae la noche en Sevilla. La oscuridad baja la temperatura mientras se lleva a cabo en la ciudad el primer recuento de personas sin hogar. Lo promueve la organización Voces, que trabaja de la mano de Solidarios para el Desarrollo y Pro Derechos Humanos. Buscan tener una toma de contacto global para hacer un particular censo de personas que duermen en la calle para así elaborar un informe y poder plantear propuestas a los organismos públicos. Unas 90 personas acudieron a la convocatoria para buscar a los sin techo repartiendo la ciudad en 20 rutas.
Voces está formada por un grupo de voluntarios que se unieron en 2007 para protestar ante el hecho de que se homologaran rejas en espacios públicos sin dar alternativas a las personas que ocupaban esos espacios por las noches. Desde entonces, Voces se ha movido por los derechos de este colectivo de personas a las que las circunstancias de la vida les han llevado a vivir en la calle.
No se observa un perfil homogéneo entre las personas que han sufrido algún proceso de desarraigo social que les haya terminado conduciendo a vivir en la calle. Atrás quedaron estereotipos que señalaban a los vagabundos como personas de mediana edad y problemas con el alcohol. Recorriendo las calles y hablando con los afectados se puede comprobar que no hay nada más alejado de la realidad. Hay varios factores que modifican ese perfil, como la inmigración o la crisis, sin contar las enfermedades mentales: muchas de las personas que se exponen a dormir al raso tienen graves problemas psiquiátricos o acaban teniéndolos al vivir en esa situación.
¿Qué lleva a alguien a vivir en la calle? ¿Por qué muchos de ellos no buscan alternativas a esa situación de desamparo? Estas y otras preguntas sólo encuentran respuesta si se entiende que un bucle de circunstancias pueden llevar a las personas a un estado de agotamiento por el cual pierden las ganas de cambiar de vida. Una ruptura familiar, problemas económicos, una cosa lleva a la otra y antes de darse cuenta se encuentran en la calle con la ropa hecha trapos y con miradas recelosas de la gente. Llegados a esta situación, ¿quién les va a dar trabajo? Entran en un círculo de difícil salida en el que lo más fácil es dejarse llevar y dejar que las horas pasen, estar mil anocheceres esperando a nada y a nadie en la soledad de la calle.
Soledad que a veces se interrumpe por la violencia, por lo que muchas de las personas sin techo se ocultan para protegerse. Una cámara de vigilancia en la puerta de un banco, o una ventana de cristal para poder romperla en un momento dado y que suene la alarma son buenas excusas para sentirse más amparados en la oscuridad de la noche.
En pleno recuento aparece Antonio, un escritor de poesía que resguarda sus noches en una esquina de la Avenida de la Constitución. Frente a la Catedral, este portugués crea sus poesías en un cuaderno que guarda como un tesoro. Viajó a Sevilla hace cinco años porque su matrimonio se había roto y quiso dar un cambio trabajando en la Feria de Sevilla. Esa huida se truncó y lo que iba a ser un buen trabajo en principio acabó en un oficio de aparcacoches. “Hay cosas que se pueden aprender”, lee Antonio de su poesía, pero “hay otras que se pueden vivir”. Se ha decantado por aprender y vivir la vida desde sus vertientes más duras. Cuando se le pregunta qué pediría si pudiera, responde que unos calzoncillos, unos calcetines y un libro. Antonio es feliz así, no quiere un techo para resguardarse en las noches más calurosas ni en el frío invierno. Tan sólo quiere unos calzoncillos, unos calcetines y un libro, porque tal y como lee le gusta “mirar la luna, observar las estrellas” desde esa esquina.
Es sólo un caso más en las calles de esta gran ciudad. Frente al Teatro de la Maestranza, esperando como si aún no hubieran abierto las puertas para la próxima obra, está Francisco. Con aspecto de galán, aguarda sentado a que pasen las horas, amanezca y abran las puertas de la biblioteca. Ahí es donde pasa todo el día un licenciado en Ciencias Económicas que lleva tres años en la calle y para quien la lectura es una vía de escape. Puesto al día en todas las noticias de la prensa, mantiene una interesante conversación sobre la última obra de Bolaños o la narrativa de Vargas Llosa, guardando para sí las duras historias que lo llevaron a la calle.
Avanzando en este particular censo de personas sin techo se comprueba que muchas de esas personas no entran en los clásicos perfiles; cada día encaran esta dura situación desde la marginación, incluso rechazando ellos mismos el actual sistema. Tampoco se trata de considerar a estas personas como meras cifras, pero al menos, y esa es la pretensión de Voces, sí sensibilizar a los ciudadanos para derribar los prejuicios y barreras que en la mayoría de los casos impiden levantar cabeza a estas personas que llevaban una forma de vida convencional pero que en algún momento recibieron un duro golpe que les hizo caer.
VOCES CONTRA LA EXCLUSIÓN es una plataforma ciudadana surgida de un grupo con larga trayectoria en el voluntariado social. Continuando en su línea de fomentar la denuncia (Movilizaciones en contra del cierre de la Sala Guadalquivir como albergue provisional, 2008) y la participación (Dormida anual en la calle por el Día de los Sin Techo), promueve con carácter independiente en Sevilla el primer RECUENTO DE PERSONAS SIN HOGAR.
Se trata de seres humanos que viven a nuestro lado, y que han sufrido la pérdida sucesiva de sus lazos afectivos y laborales. La falta de autoestima y el rechazo que provocan les impide recuperar sus habilidades sociales. Las dificultades de acceso a un techo estable, a los servicios sanitarios o a la simple seguridad personal terminan de configurar la forma de exclusión más extrema de la sociedad actual.
La elección del término “Persona Sin Hogar” no es una vana concesión a lo políticamente correcto, sino que denota una estrategia en la lucha por su reconocimiento. No importa tanto lo que son, sino cómo llegan a serlo y, sobre todo, el no‐lugar en el que están. Así, debemos esforzarnos en revelar cuántos suman y dónde se ubican. Para evidenciar que los aparentes desarreglos que presentan, en muchos casos, no son sino una adaptación desesperada a las condiciones que deben soportar.
Convocatoria:
RECUENTO DE PERSONAS SIN HOGAR Miércoles 3 noviembre, 21 h, Plaza Nueva
PRESENTACIÓN DEL INFORME DEL RECUENTO / DORMIDA EN LA CALLE POR EL DÍA SIN TECHO Viernes 26 noviembre, 21 h, Plaza S. Francisco
Los excluídos forman parte de nuestro día a día. Ahora lo sabemos porque los medios han tomado nota de ello y les acomodan un nicho informativo del que emergen en forma de tópico postrero, primero navideño y últimamente también veraniego, cuando todos los demás han sido agotados. Inmigrantes, chabolistas, sin techo y desamparados en estado crítico son presentados como una amalgama que hace más soportable el final del estío. Porque el mal de muchos, por odiosa comparación, es el mejor bálsamo contra la depresión post-vacacional.
¿Quién conserva la inocencia cuando agosto ya agoniza? En este apretón de última hora unos aprovechan el trasunto rumano para evidenciar la debilidad del gobierno, otros salen en los papeles pillados en un renuncio y confiesan que la gente está en la calle porque quiere. Un traspiés humaniza, y confirma que los que se destacan por correr implacables tras los errores ajenos suelen ser también los más indulgentes con los fallos propios.
Declarar que las personas rechazan las ayudas por apatía es tan simplista y manipulador que, al escucharlo, suena a hueco. Igual que tachar de desagradecido al río que se empecina en desbordarse cada gota fría, por no querer seguir el cauce que cándidamente le marcamos.
Pese a la reciente inversión después de décadas de abandono, los recursos siguen siendo manifiestamente escasos e inadecuados a la realidad. Analicen las cifras y descubirán horrorizados que en nuestra ciudad no hay ni medio centenar de plazas de baja exigencia a disposición de los "irrecuperables" de la calle. Por favor, no crean todo lo que se publica, ni a mí mismo. Sólo escuchen el silencio de los que toman las decisiones.
Se levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a sentarse al lado del joven. Aunque embriagado, hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de vez en cuando se le trababa la lengua y decía cosas incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente sobre Raskolnikof, cualquiera habría dicho que también él llevaba un mes sin desplegar los labios.
‑Señor ‑siguió diciendo en tono solemne‑, la pobreza no es un vicio: esto es una verdad incuestionable. Pero también es cierto que la embriaguez no es una virtud, cosa que lamento. Ahora bien, señor; la miseria sí que es un vicio. En la pobreza, uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la indigencia, nadie puede conservar nada noble. Con el indigente no se emplea el bastón, sino la escoba, pues así se le humilla más, para arrojarlo de la sociedad humana. Y esto es justo, porque el indigente se ultraja a sí mismo. He aquí el origen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el señor Lebeziatnikof golpeó a mi mujer, y mi mujer, señor, no es como yo en modo alguno. ¿Comprende? Permítame hacerle una pregunta. Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva, en una barca de heno?
‑No, nunca me he visto en un trance así ‑repuso Raskolnikof.
‑Pues yo sí que me he visto. Ya llevo cinco noches durmiendo en el Neva.
Llenó su vaso, lo vació y quedó en una actitud soñadora. En efecto, briznas de heno se veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en sus cabellos. A juzgar por las apariencias, no se había desnudado ni lavado desde hacía cinco días. Sus manos, gruesas, rojas, de uñas negras, estaban cargadas de suciedad. Todos los presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia. Los chicos se reían detrás del mostrador. El tabernero había bajado expresamente para oír a aquel tipo. Se sentó un poco aparte, bostezando con indolencia, pero con aire de persona importante. Al parecer, Marmeladof era muy conocido en la casa. Ello se debía, sin duda, a su costumbre de trabar conversación con cualquier desconocido que encontraba en la taberna, hábito que se convierte en verdadera necesidad, especialmente en los alcohólicos que se ven juzgados severamente, e incluso maltratados, en su propia casa. Así, tratan de justificarse ante sus compañeros de orgía y, de paso, atraerse su consideración.
Crimen y castigo Primera Parte: Capítulo II de Fiódor Dostoyevski
CONCEPTO Es un centro de acogida nocturna de carácter temporal dirigido a las personas sin techo que, por diversas causas (toxicomanía, enfermedad mental, carencia de recursos económicos, desarraigo familiar, etc.), presentan situaciones crónicas graves de deterioro y tienen dificultades para acceder o mantenerse en recursos residenciales de exigencia media-alta (p.ej. abstinencia de sustancias tóxicas).
SERVICIOS En general: alojamiento, consigna, higiene personal y seguridad. En particular: atención de educadores sociales que, mediante un acompañamiento individualizado, favorecen la superación personal y propician procesos de reinserción.
USUARIOS Personas sin techo mayores de 18 años:
Sin crisis graves y/o comportamiento inasumible en convivencia.
No dependientes o que necesiten ayuda de terceros.
Sin enfermedad infecto-contagiosa no tratada.
NORMAS
Expulsión por carácter agresivo o deterioro de instalaciones.
No introducir armas de ningún tipo, incluidos objetos punzantes.
Prohibido el tráfico y/o consumo de drogas y alcohol.
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La canícula extirpa a la calle todo lo que le es accesorio y muestra la soledad de sus silenciosos inquilinos, habitantes de ningún sitio. Acaso sea posible hacerlos visibles sin descubrirlos, hablar de ellos sin traicionarlos. Resérveseles un hueco en la memoria con la esperanza de que a cada cual le corresponda lo que justamente es suyo.
FOTO publicada con el consentimiento de los retratados
VOCES - ALM
El voluntariado está en retroceso. Se puede apelar a un cambio generacional, a una evolución de los valores de la juventud. Incluso, podemos excusarnos en la crisis económica internacional que tantos sufrimos tan cerca.
Algunos sostienen que la labor solidaria es un estadio intermedio, a caballo entre la adolescencia y la madurez. Una etapa que debe ayudar a abrir los ojos ante la realidad que nos rodea, despertar el espíritu crítico y orientar la mirada hacia la participación política.
Personalmente, creo que ser voluntario tiene un valor en sí mismo, pues permite un ejercicio no sólo de convivencia entre personas de distinto origen y mentalidad, sino que, además, encauza la denuncia, sin servilismos de ninguna clase, de situaciones de flagrante injusticia social.
Casos como el de José "El Arenas" y Rafael "Córdoba" me avergüenzan profundamente. De poco sirve reformar albergues, pasear unidades móviles y repartir "cafelitos" si esto se consiente.
José es un sesentón alcohólico. Ha perdido la razón y el control de sus esfínteres. Diariamente, deambula por los alrededores del Puente de los Bomberos, a veces semidesnudo, ungido en sus propios excrementos. La buena fe de unos pocas personas ejemplares como su vecina María Blanco permite que pueda asearse de vez en cuando. No encuentra plaza en ningún sitio porque es demasiado dependiente, escucho a un profesional del ayuntamiento. Es un milagro que no le hayan atropellado todavía, pienso.
Rafael ronda los cuarenta, pero sus ojos están perdidos. La muerte de su esposa le trastornó por completo. Hace unos meses se rompió la cadera por una mala caída. Se arrastra con muletas, lo que le convierte en blanco fácil para los violentos que se amparan cobardemente en la oscuridad de la noche. No existen recursos adecuados para él, porque no es dependiente, vuelvo a oír. Con todo, reúne fuerzas para alimentar y vestir a José. "Lo único que tengo en este mundo", confiesa.
El atentado contra la dignidad de estas personas no estriba en que sean referidos con tal cual o cual palabra, ni siquiera en tener buena o mala opinión de ellos. Lo cruel es que tantos que sabemos de su estado no hagamos nada por evitarlo. Quizás por eso la gente ya no quiere ser voluntaria.
Ante todo, disculpas por mi letargo. Estoy despertando poco a poco...
El motivo de mi reentrada en esta bitácora es gritar un poquito contra la corriente oficial. Como muchos de los que nos leen, tengo relación desde hace años con el colectivo de las Personas Sin Hogar. Recientemente, un gesto poco afortunado al respecto del periodista retratado en la foto superior ha degenerado en el linchamiento mediático de este señor, especialmente en el ámbito de las redes sociales de internet. He recibido varias invitaciones para adherirme a ellas. Dado que, para estupor de algunos, he pasado olímpicamente del tema, me gustaría aprovechar este espacio para explicarme y, de paso, molestar a algunos pelmazos.
Punto primero: la intervención de Manolo Lama estuvo mal. Su contrastada profesionalidad hace aún más inexplicable la falta de sensibilidad demostrada. Quizás se enajenó, envalentonado por la protección que le garantizaba la masa frente a una víctima propiciatoria, sazonada por la sublimación guerrera de la previa de un partido de fútbol. O más sinceramente, sacó a relucir, en un acto de pública intimidad, lo que muchos piensan de los que viven en la calle. Insisto, la acción es reprobable, pero el infractor pidió disculpas con las mismas armas que erró. Fin.
Sin embargo, esta catarsis personal no ha servido para que aprendamos gran cosa. De hecho, miles de anónimos que jamás se habían planteado la problemática de los "sin hogar" han bramado por la testa del deportivo (ignoro si deportista) comunicador. Deberán coincidir conmigo en que se trata de un curioso fenómeno sociológico: algunos (muchos) tienen una opinión poco favorable, por no decir negativa, de determinadas minorías. La propaganda no (y sí) gubernamental, por razón de un sintético sentimiento de culpa, relega estas pulsiones casi al fondo del subconsciente colectivo (suponiendo que exista). Así, se permanece en estado latente hasta que alguien rebasa la delgada línea roja que separa la ideología pública y privada y, entonces, ... ¡zas! se salta a la yugular (digital o analógica) del presunto delincuente, movidos por una suerte de espasmo condicionado.
Lo anterior constituye un inquietante diagnóstico de la sociedad en que vivimos. Puedo llegar a entender que los mismos espectadores que canonizan a determinados personajes lleven sin juicio justo a la hoguera a Manolo Lama. Me resigno a que ambos sean un efecto colateral no deseado de esta nuestra democracia televisiva. Ahora bien, la actitud de las ONGs (y pertenezco a varias) en ocasiones como esta se manifiesta con un evidente fariseismo de ocasión.
Ahora, ya pueden cerrar la boca y bajar las manos de la cabeza, porque voy a aclarar mi punto de vista. Los partidos políticos mayoritarios, y los intereses que los sustentan, han logrado, hábilmente eso sí, inutilizar los movimientos ciudadanos. Y lo que es peor, han orientado la actividad de muchas entidades a la de burdos inquisidores de lo políticamente correcto.
Ciertamente, me resbala que sea ético o no que la Mazagatos duerma entre cartones para saber qué se sueña en una acera, o que una bebida refrescante patrocine el Camino de Santiago a una docena de homeless. Lo que me preocupa y me exalta es que las organizaciones a las que contribuyo a mantener no levanten la voz denunciando la situación en que viven estas personas, ni sean firmes al pedir más recursos para ellos, ni despierten a los ciudadanos la curiosidad por descubrir el verdadero origen de la desigualdad. Otra cuestión sería una pérdida de tiempo.
VOCES - ALM Hace no mucho tiempo, en un lugar no muy lejano...
"En Sevilla, viven en la calle más de 1.000 sin techo, a lo que hay que sumar los cientos de temporeros que utilizan esta ciudad como lugar de tránsito, y para los que sólo existe un albergue público que apenas puede acoger a 72 personas cada día, señala la ONG."
Casi medio millar de personas no tiene un hogar al que acudir todos los días. Un hecho que, en palabras de Barroso, “no quiere decir que todas estén en la calle”.Gran parte de este colectivo participa de las alternativas que oferta la delegación de Bienestar. A pesar de ello hay quien decide seguir viviendo en la calle “ante lo que el Ayuntamiento poco puede hacer”. En el año 2008 la cifra de personas sin hogar en Sevilla rondaba los 300. En un año, más de un centenar de personas se ha quedado sin hogar, aunque, según Barroso, “la crisis actual no tiene la culpa de este aumento porque no afecta a este tipo de colectivos”. Su situación se debe “a otra problemática relacionada con las adicciones”
Por Nochevieja, un castizo diario hispalense dice que alguien dijo:
Las inclemencias meteorológicas no han hecho sino poner de relieve un problema de fondo que acucia, o debería, a la sociedad sevillana. Y es que en la capital hispalense viven diariamente en la calle casi 400 personas, según los últimos datos recogidos por la Fundación Rais en colaboración con el Cecop Social.
El Ayuntamiento pone a disposición de los 'sin techo' 325 plazas de acogida durante la ola frío. El número se ampliará tras la restauración del Hogar Virgen de los Reyes, que albergará otro centro de baja exigencia.
Esta historia, en la que, por desgracia, no se atisba un final cercano ni feliz, encierra una moraleja: no se tiene claro el número de Personas Sin Hogar en la ciudad. Cuando la prisa y la prosa navideña hayan cesado, cuando el vendaval amaine, deberíamos preguntarnos cómo todos los interesados podemos aclarar la situación. Discutir sobre la necesidad de que fuera una iniciativa realmente independiente. Para desterrar por siempre que la manipulación, los intereses ajenos o, simplemente, el desconocimiento nos alejen de nuestros verdaderos objetivos.
VOCES, SOLIDARIOS, APDHA y RAIS vamos a dormir en la calle para saber “qué se sueña en una acera”, para entender mejor a las personas sin hogar, para estar más cerca de ellos sabiendo que aún estaremos muy lejos. También queremos llamar la atención de las Administraciones que tienen la obligación de proporcionar recursos sociales suficientes y adecuados a las necesidades de las personas que atienden. Y que cada ciudadano, desde el conocimiento de la realidad y desde el ejercicio de su responsabilidad, contribuya a mejorar la situación de las personas sin hogar.
Miles de personas duermen cada día en las calles de nuestras ciudades. Pesan sobre ellos los prejuicios de una sociedad que casi nunca es consciente de lo difícil que puede llegar a ser ejercer unos derechos que a todos nos reconoce la Constitución: acceder a una vivienda digna (Art. 47); participar y formar parte de una comunidad (Arts. 21, 22, 23…); poder empadronarse; poder votar; asumir responsabilidades ciudadanas; acceder a la cultura (Art. 44) y a la atención sanitaria (Art. 43). En la calle no hay intimidad, no hay propiedad privada ni seguridad.
Cada año hay personas en nuestras ciudades que mueren como consecuencia de haber vivido sin hogar, victimas de agresiones, de enfermedades que no se han tratado adecuadamente y de la violencia ejercida por una sociedad que mira para otro lado cuando los derechos de las personas que sufren la exclusión son vulnerados.
Una persona sin hogar es alguien que ha perdido su red de apoyo social y familiar como consecuencia de un proceso complejo, lleno de vivencias traumáticas. Cualquier persona en condiciones similares, acabaría en la calle.
VOCES, SOLIDARIOS, APDHA y RAIS, años luchando contra la exclusión desde nuestros programas de voluntariado; creando espacios de encuentro con las personas que duermen en la calle, colaborando con las Administraciones locales y tratando de hacer visible en la sociedad la situación de las personas sin hogar como medio para favorecer un cambio social.